EL VACÍO

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Reviso textos que he ido escribiendo a lo largo de mi vida y veo cómo en ellos se repite, más habitualmente de lo que imaginaba, la palabra vacío. Veo el contexto en el que cada escrito se creó y puedo perfilar mi propia evolución personal por los diferentes significados que va tomando este término. Hubo un tiempo en el que el vacío era sinónimo de tristeza, de ausencia, de soledad… Eran instantes en los que la existencia apenas tenía sentido, en los que veía todo absurdo, sin consistencia… En esos casos, usaba vacío como contraposición a plenitud, y sentía mi vida como un hueco oscuro, como un abismo del que no podía ver sus límites. Parecía que la única manera de llenar esa carencia angustiosa era desde fuera y esperaba impaciente la llegada de alguien que me salvara, pero, nunca era suficiente, y la grieta se hacía más profunda, aunque intentaba llenarla con sucedáneos que, por un breve instante, anestesiaban con su efecto placebo mi congoja… Pero el vacío era más grande y acababa por llenarlo todo.

… Es un vacío que respira llantos
cobijo ciego de palabras huecas…

Luego, con el tiempo, esta palabra se ha llenado de otro significado al darse en mi vida experiencias límite que, desde fuera, podrían verse como catastróficas o trágicas o terribles, pero que, en mi caso, han abierto ventanas y puertas por las que vaciarme de viejos patrones basados en el miedo.

Me vacié y me sigo vaciando. Decidí y sigo decidiendo arriesgarme y saltar sin miedo por esa grieta para explorarla, para hallar la verdad, con cada vuelo, en esas profundidades, en esa realidad infinita que es la magnificencia luminosa de ser, que es como una potente antorcha que en su incierto viaje va llenando las sombras de la propia e inconmensurable luz, va llenando la oscuridad del verdadero vacío: nuestra esencia más pura que acaricia, por momentos, la comprensión de sí misma.

…mi cuerpo se disgrega en el amor,
en el vacío
que todo lo sostiene.

 (Fragmentos extraídos del libro “Hacia el silencio”, Uno Editorial (2018))

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“UNA ARAÑA PACIENTE Y SILENCIOSA”

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Una araña paciente y silenciosa,
vi en el pequeño promontorio en que
sola se hallaba,
vi cómo para explorar el vasto
espacio vacío circundante,
lanzaba, uno tras otro, filamentos,
filamentos, filamentos de sí misma.

Y tú, alma mía, allí donde te encuentras,
circundada, apartada,
en inmensurables océanos de espacio,
meditando, aventurándote, arrojándote,
buscando sin cesar las esferas
para conectarlas,
hasta que se tienda el puente que precisas,
hasta que el ancla dúctil quede asida,
hasta que la telaraña que tú emites
prenda en algún sitio, oh alma mía.

                                               Walt Whitman

Muchas veces llegan a nosotros lo que parecen mensajes que vienen a subrayar, para atrapar nuestra atención, las circunstancias en las que nos hallamos, y, podría decir, sin dudarlo, que este poema es uno de esos mensajes. Días antes de abrir por la página donde se encontraba, descubrí, cruzando un puente sobre un pequeño arroyo, una araña tejiendo su tela sobre la corriente. ¿No os parece mágica la coincidencia? A mí sí, pues hasta de puentes habla Whitman en su poema.

A él, como a la mayoría de los poetas, una pequeña escena casual de la vida cotidiana le conectó con la trascendencia: vio en esa araña el símbolo de su propia alma perdida en el vacío, aislada, apartada; en busca de sentido, de dirección, de sostén; entregándose desde sus entrañas para encontrar un lugar en el que su frágil telaraña prendiera, un lugar en el que asentar su identidad. Es por todo esto que siento este poema como un mensaje que le da sentido al momento vital en el que ahora me encuentro: sin sostén aparente, sin dirección, sin sentido… Pero sé, por esa araña hacendosa, “paciente y silenciosa”, y por tantas experiencias parecidas vividas, que, lanzando con confianza “filamentos” de mí misma hacia ese aparente “espacio vacío circundante”, tejeré puentes que me anclen firmemente, una y otra vez, a la vida.

MOMENTOS CUMBRE

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En esta etapa en la que acabo de publicar un libro donde aparecen, en forma de poemas, experiencias que abarcan un periodo muy significativo de mi existencia, mi mente no puede parar de reflexionar sobre los acontecimientos que hacen que la vida, de alguna manera, cobre sentido.

Estoy hablando de cuando se llega a la culminación de un proyecto, de los momentos importantes, esos que nos remueven los cimientos, que nos dejan las piernas temblorosas al llegar a su cima, los que nos hacen, incluso, cuestionarnos toda nuestra vida, los que nos evalúan, los que nos abren nuevas posibilidades, aquellos que nos colman y que, a la vez, nos dejan vacíos.

Son esos instantes los que nos hablan de que no nos hemos quedado estancados, de que nos hemos movido en la dirección anhelada, impulsados por la pasión de hacer lo que más nos gusta, y que nos abrió, en su momento, un horizonte inimaginable, ni siquiera, en nuestros más elaborados sueños.

Pero es que, además, esa etapa culminante en la que se llega al apogeo de los propios anhelos, nos desvela, por un lado, la magnitud del viaje hasta llegar ahí, y, por otro, las nuevas posibilidades que se muestran ante nosotros. Es el final de un viaje y el inicio de otro y, además, la recompensa por el atrevimiento de haber abierto una puerta tras la que no se sabía qué podía haber, pero imprescindible para desvelar nuevos umbrales.

Momentos cumbre pueden darse en la vida los que deseemos, todo pasa por no quedarse demasiado tiempo estancado, por no pensar que ya se ha alcanzado la meta final. Desde luego que hay que saborear lo conseguido, detenerse a contemplar todo lo que se ha experimentado para llegar a ese instante… Seguro que en la ascensión se han dado situaciones complicadas por las que hubiéramos desistido y seguro que nos atormentaron pensamientos boicoteadores que nos taladraban con insistencia: “para qué”, “no lo vas a conseguir”, “no te creas tan valioso”, “es imposible”… Pero esto solo le da más valor a lo logrado por todo aquello que se consiguió vencer.

Luego, tras coronar y respirar hondo el viento fresco que sopla como un bálsamo en la cima, tras degustar con detenimiento el paisaje que nos circunda, es muy importante iniciar el descenso, gozando de los logros, con equilibrio, serenidad e, incluso, desapego, para iniciar un nuevo ascenso, una nueva aventura que sumar y disfrutar en nuestra vida.

VIAJE INTERIOR

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Regreso de un viaje a espacios profundos, a rincones de una extraña belleza, a simas inabarcables, a caminos angostos, a lugares que parecían no tener fronteras, a mares embravecidos, a lagos serenos, a criptas escondidas… He buscado y encontrado tesoros, he accedido a viejos escritos que se deshacían como polvo en mis manos, he ahondado en cajones jamás abiertos, he descansado en prados de un verdor indescriptible, he redescubierto la inmensa paz de estar en mi verdadera casa.

Vi una semilla germinando en mi pecho, que crecía, y sus raíces abrazaban mi cuerpo adentrándose en la tierra hasta tocar, con delicados filamentos, su núcleo palpitante y níveo, y, como un surtidor, ascendiendo sin descanso, surgía el tronco de un bello árbol que se cubría de verde recién nacido. Sentí que mi corazón latía y bombeaba vida y, con cada pulsación, apartaba sereno las ramas espinosa, hasta ser una rosa abierta al alivio amoroso del rocío, que era amor en cada una de sus luminosas gotas.

Me dejé ir, serena, sin rumbo aparente, como recostada en el cauce de un río que discurre hacia no se sabe dónde, pero totalmente confiada, porque sentía que todo estaba bien, que el río era mi propia vida y que ya no quería apartarme jamás de ese fluir, consciente de sus crecidas, de sus caídas, de sus remansos, de sus cascadas, de sus rápidos, de sus sinuosidades, de sus manantiales, de su lecho, de sus afluentes y de sus confluencias…

Me entregué al viaje hacia mí y me encontré, más allá de la materia, del espacio y del tiempo, en un campo abierto de luz que vibraba y me envolvía, vacía y plena. Quise quedarme, pero ahora regreso con más consciencia de quién soy, poniendo los pies bien anclados en la tierra, acogiendo la responsabilidad de ofrecer al mundo lo mejor de mí.

LA INFINITA POSIBILIDAD

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Imagina un horizonte que no eres capaz de abarcar con la vista, imagínate en medio de un océano y no poder vislumbrar ni rastro de tierra, imagina que no hay caminos ni estelas ni brújulas ni mapas… Imagínate en el centro del universo ilimitado: tienes todo ante ti, todo a tus pies, todo al alcance de tu mano… Puedes extenderla y coger aquello que desees cuando lo desees, no hay ningún tipo de regla ni de límite. ¿Qué harías con esta infinita posibilidad?

Puedes quedarte paralizado, quieto, esperando que alguien venga y te saque de ese aturdimiento, esperando una señal, un milagro, algo que te diga qué hay que hacer, qué dirección hay que tomar, qué pensamientos hay que pensar…

Otra opción es disfrutar de las vistas, contemplar, por unos instante, la belleza de la verdadera libertad, abandonarte en el regocijo de esa plenitud, en esa sensación de abarcar la totalidad, y entregarte a volar en esa infinitud.

También puedes agarrar aquello que has ido atesorando dentro de ti a lo largo de tu vida, de tu evolución personal: experiencias, fortalezas, talentos, virtudes, y ponerte, con perseverancia y mucha alegría, a edificar el camino que deseas seguir, los puentes que deseas cruzar, las estelas que quieres dejar a tu paso, y ser tu propia brújula, trazar tus propios mapas. Y es que, ante una situación en la que sentimos que la vida nos deja desnudos en el vacío, podemos apoyarnos en aquello que ya llevamos dentro, en esa parte sólida e indestructible, tan nuestra que ni siquiera sabemos que nos pertenece y que, a fuerza de vivir, ha impregnado cada una de las células de nuestro ser.

Son muchas las opciones, quizá a ti se te ocurra alguna más, o quizá podemos elegirlas todas, porque no hay consignas ni reglas, solo la infinita posibilidad.

ACTOS DE AMOR

Actos de amor

Quiero hablar de nuevo en este artículo del Amor, ese que se escribe con mayúsculas, que algunos califican como universal, ese que, entre otras muchas cosas, integra, nos da plenitud y nos hace ser conscientes, cuando contemplamos la realidad, de la maravilla que somos y que nos rodea. Ya en otro artículo hablaba de que el amor hacia nosotros es el fundamento en el que se sustenta el amor a todo lo demás, por eso es algo que tenemos que profesarnos, a cada instante, sin desfallecer. Ya lo dicen las frases hechas como que “hay que mantener viva la llama del amor”. Habitualmente esta se refiere a las relaciones de pareja, pero la voy a aplicar aquí al amor propio, que es algo que deberíamos avivar a cada instante. Ese es el primer acto de Amor por el que es importantísimo comenzar si queremos que los demás actos de Amor sean realmente puros.

Seguro que si indagamos, se nos ocurren innumerables ejemplos y siempre asociados a otras personas, a seres vivos de todas las categorías y especies e, incluso, a lugares, parajes, entornos… Lo que sí está muy claro, creo, es que el Amor se pone en acción cuando implica a otro (sin olvidarnos de uno mismo), ahí es cuando tenemos que activarlo y avivar ese fuego del que hablábamos para que se mantenga encendido, porque más que un estado es acción continuada. En definitiva y en pocas palabras, el amor es y se activa en las relaciones (sean de la categoría que sean).

Me gustaría centrarme ahora en un acto de Amor concreto y que yo considero uno de los más difíciles de llevar a cabo. Tiene que ver con la despedida, con el dejar ir a personas, experiencias, contextos, que una vez fueron fundamentales y que han sido muy significativos en nuestras vidas. Es lo que algunos llaman desapego. Sin duda, el llevarlo a cabo con templanza, serenidad y sin excesos emocionales, ya sería un indicativo de que nuestro amor propio tiene buena salud, pero esto no suele ser lo habitual y tendemos a aferrarnos en exceso, a no aceptar la situación, a enfadarnos o a hundirnos en la más profunda tristeza. Todo esto es muy humano y no debemos negar nuestras emociones, sino regularlas y darles un lugar mullido en el que calmarse, el problema es cuando no dejamos ir y atentamos contra la libertad del otro, sin tener en cuenta el momento vital en el que se encuentra. Apresar y subyugar es lo opuesto al amor; soltar, despedirse y dejar ir es Amor verdadero. Además, si forzamos la situación, guiados por nuestros deseos egoístas, provocaremos el efecto contrario al deseado. Por eso, despedirnos, en el momento adecuado, con serenidad y comprensión, aunque parezca contradictorio, es una de las mayores muestras de amor que podemos poner en acción en nuestra vida y, sin duda, nace de un amor propio equilibrado que se despliega, puro, más allá de los limites que nos definen, generando a nuestro paso nuevos espacios para el encuentro.

CONTEMPLACIÓN

CONTEMPLACIÓN

Cierro los ojos, respiro pausadamente, observo cómo me siento, si hay algún lugar en mi cuerpo especialmente tenso, si hay alguna emoción que destaque, si hay algún pensamiento que sea reincidente… Busco un momento de estar a solas conmigo, un espacio de calma, de conexión, de reflexión… Aunque a veces me despisto, es ya una costumbre que forma parte de mi día a día, que pongo en marcha, no solo cuando lo necesito ante situaciones complicadas, sino en cualquier momento, por puro placer, incluso. No importa que haya gente alrededor, da igual si hay alboroto, si el ruido es demasiado fuerte.

Este sencillo ejercicio tiene que ver con una cualidad fundamentalmente humana que es la contemplación. Asocio contemplar con momentos de serenidad, con estar fuera del tiempo, con tener activos todos los sentidos para que no se escape nada de lo que sucede en ese preciso instante: una hoja que cae, un aroma que llega leve a la nariz, el trino de un pájaro, cerca o lejos, la visión de un atardecer o de un amanecer, o de un cielo nublado que, de repente, se ilumina. Es como si a través de los órganos de los sentidos, tan materiales, tan del cuerpo, se pudiera acceder, por unos instantes, que parecen milésimas robadas a la eternidad, a una parte de nosotros esencial, imperecedera. Cuando esa actitud contemplativa se transforma en un hábito en nuestra vida, esos momentos de conexión se convierten en hilos que se van entretejiendo formando un tapiz que refleja innumerables facetas del infinito.

Visto así, qué fácil parece acceder a nuestra verdadera naturaleza tan solo estando algo más atentos a lo que nuestras sensaciones nos muestran, que, desde lo más condensado de nuestra materia, nos conducen, con la serenidad como aliada, sin apenas resistencias, atravesando nuestro mundo emocional, descorriendo la telas de nuestros pensamientos, hasta la luz de nuestra conciencia. Qué fácil parece y qué difícil es, a la vez, buscar ese momento en nuestra ajetreada vida, en nuestra atestada agenda, llena de cosas “importantes”. Y yo me pregunto, ¿qué hay más transcendente que desvelar la auténtica esencia de la realidad, que vivir lo eterno en cada segundo que pasa, que vislumbrar lo permanente en lo que fluye?

 

 

LOS FINALES

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La vida es un recorrido con un principio y un fin, dos hitos que encuadran claramente sus límites: el momento del nacimiento y el momento de la muerte. En esta obviedad estamos todos de acuerdo porque son hechos objetivos y constatables. Pero dentro de esos dos límites que enmarcan la vida, se dan muchos nacimientos y muchas muertes, muchos inicios y muchos finales. Es posible, como dicen, que el camino sea lo más importante y lo que tenemos que vivir con conciencia e intensidad, pero es igualmente transcendente empezar bien y valientemente los ciclos y, sin duda, ser capaces de cerrarlos con el agradecimiento y el desapego necesarios. Esto es evolucionar, trascender, dar pasos hacia delante, dejando bien cerrada la etapa anterior… El cierre, el final, es también todo un proceso, un transitar minucioso en el que se honra la etapa anterior, se agradece todo lo que nos enseñó y se deja atrás atesorando la esencia de lo aprendido en el cofre donde todas nuestra experiencias se guardan.

En relación con esto me gustaría contar algo que experimenté durante un ejercicio de conexión en el que me preguntaba en qué momento estoy de mi vida. Cerré los ojos e, inmediatamente, me vi caminando por un puente hecho de cuerdas y que se suspendía sobre un abismo bellísimo. No me dio ningún miedo y contemplaba maravillada el escenario en el que me encontraba. Había montañas a lo lejos, un valle inmenso con muchísima vegetación y, debajo justo de mí, un río serpenteante. Estaba tan alto el puente, que no se escuchaba el ruido de sus aguas. El viento era suave y solo movía levemente mi pelo. Todo estaba despejado, no había nubes ni hacía frío; no había puntos oscuros en mi abismo, ni tempestades… La emoción que sentía, sobre todas, era una profunda serenidad. Detrás de mí, dejaba un escenario con los rostros de las personas que en él habían sido importantes, se iba difuminando una etapa muy significativa en mi vida, y, ante mí, se hacía cada vez más claro un destino que, con pasos muy conscientes y tranquilos, se acercaba poco a poco a mí tendiéndome sus manos.

Estas imágenes vinieron a ordenar el momento vital y trascendente en el que me encuentro, me aportaron serenidad al sentir la certeza de que estoy haciendo lo correcto para mí en este instante de mi vida y me dieron pistas fundamentales de lo inevitable del proceso, de cómo hacer la transición y de hacia dónde se dirigen mis pasos.

Los finales, igual que los comienzos, son oportunidades para evaluar los procesos de nuestras vidas, son puntos transcendentales que, si hacemos conscientemente y con sabiduría, pueden significar un salto en nuestra evolución personal, al dejar bien cerrada nuestra etapa anterior, con claridad, desapego, serenidad y muchísimo agradecimiento por todo lo aprendido y hacia todas las personas que fueron profundamente significativas.

LA SALIDA SOMOS NOSOTROS

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La vida constantemente nos pone a prueba. Sé, por experiencia, que los caminos que recorremos no son siempre de rosas, a veces, estas están marchitas o simplemente lo que se pone frente a nosotros son áridos desiertos que parecen llevarnos al límite de la extenuación y de los que sentimos que no vamos a lograr sobrevivir. Son los recovecos de la vida, estaciones que, en realidad, nos desvelan nuestra capacidad de superación.

Quizá, cuando estamos inmersos en esas situaciones que parecen insalvables, no somos capaces de ver salida, perdemos la esperanza e, incluso, en un primer momento, llegamos a tirar la toalla, pero, sin embargo, hay algo dentro de nosotros, aunque a veces muy oculto, que siempre tiene el impulso de sobreponerse; un instinto que nos lleva a la superficie, que nos muestra un puntito de luz al fondo de un espacio oscuro y hasta tenebroso…

Puede que la ceguera que nos produce el dolor no nos deje mirar hacia allí, pero siempre ocurre algo que no nos permite quedarnos eternamente en el umbral de nuestro propio abismo, que no nos deja caer definitivamente en él. Y es que, en nosotros está ese brillo que nos empuja a vivir, a evolucionar, aunque sea a trompicones…

Podemos pedir ayuda, consejo; puede llegar alguien valioso a nuestra vida que nos enfoque y nos ayude a ver nuestra valía, aquello que nos ayudará a salir del bache, pero, en definitiva, nadie podrá hacer nada, salvo nosotros, porque es imposible alumbrar nuestro destino si no es con nuestra propia luz y conocimiento. Por supuesto, el apoyo, la ayuda, el enfoque de otras persona siempre son valiosos y muy de agradecer, pero no podemos quedarnos paralizados esperando a que ocurra un milagro. Somos los hacedores de la mejor vida que deseamos, los creadores del mundo que queremos habitar… En definitiva, somos los artífices de nuestros propios milagros.

AMAR LA VIDA

Amar la vida

La enfermedad y la muerte de algunas personas, que últimamente se han mostrado en las diferentes redes sociales y medios de comunicación, me ha inspirado este artículo. Pablo Ráez, Ariana Benedé, Bimba Bosé…, se han transformado en ejemplo de fortaleza, de valentía, de lucha, de compromiso con ellos mismos y con unos ideales, de alegría a pesar de las dificultades y del dolor. Han sido y son un modelo a seguir de cómo se afrontan los propios miedos, de qué es realmente el amor propio y de cuánto son capaces de amar a sus familias y a la sociedad en general… Han ido más allá de sus propios intereses y se han centrado también en el bien común, en la solidaridad, sobreponiéndose incluso a los momentos complicados y de sufrimiento, para dar su mejor sonrisa y sus mejores palabras, transformadas en esperanza y alivio para el resto del mundo.

Ellos nos han demostrado que hacer de la vida algo que merezca la pena depende única y exclusivamente de la actitud, de cómo nos posicionamos en ella, de qué decidimos hacer con lo que tenemos… Vivir no es algo pasivo ni ajeno a nosotros, porque es nuestra mayor responsabilidad y compromiso, primero, con nosotros mismo, y después, con los que nos preceden, con quien convivimos día a día y con los que vendrán por detrás de nosotros. A veces pasamos por la vida como si fuera asunto de otro, como si lo malo, o peor aún, lo bueno, dependiera del destino o de los demás. Esa manera de ver las cosas nos da permiso para no hacer nada, para no tomar partido por nada y vivir como zombis. Eso sí que es estar realmente enfermo y muerto, desconectado de lo que es realmente vivir.

Por eso, esas personas que al principio nombraba, y otras muchas que conocemos y que permanecen anónimas, son el mejor ejemplo de lo que es Amar la Vida, así, con mayúsculas… Nos han enseñado que vivir realmente tiene que ver con estar conectados con nosotros mismos, con nuestros más profundos deseos, con nuestra capacidad de disfrutar y de sentir placer ante lo más esencial, con aquello que somos en lo más profundo y con aquello que, desde el amor y el compromiso, hemos venido a hacer: las semillas que, en nuestro discurrir, más o menos largo, hemos venido a sembrar.

Pero, aquí no queda todo, no se acaba con el último suspiro, hay más todavía, continua en el legado y en la estela que estas almas hermosas y comprometidas dejan, continua en la vibración amorosa y alegre que, melodiosa, se expande hacia el infinito cual cola brillante de cometa que atraviesa espacios eternos sembrados única y exclusivamente de verdadera Vida.