QUE LEVANTE LA MANO QUIEN SEA NORMAL

Hace unos días, en un taller de Educación Emocional que realizo en el instituto en el que trabajo, lancé este planteamiento ante los jóvenes que acudieron. Fueron pocas las manos que se alzaron, solo una y sin mucho convencimiento, y más cuando le pregunté que nos explicara en qué consistía ser normal… Esto asunto vino porque, en una de las clases que tuve esa misma mañana, justo antes del taller, una persona me vino a contar sobre cómo estaba siendo objeto de burlas por parte de algunos compañeros. Se puso a temblar y de sus ojos empezaron a rodar lágrimas de impotencia y dolor, conforme me hablaba de las cosas que le decían. Todo, por “ser diferente” según no se qué criterios de lo que algunos llaman “ser normal”. (Decir que, inmediatamente, se tomaron las acciones necesarias para frenar esta situación).Una de las cosas que nos hace iguales a los seres humanos es que somos distintos, únicos, aunque a veces queramos normalizarnos, con el único fin de ser eso que llaman “normales”, sin saber muy bien cómo definirlo, para que nos acepten, nos incluyan y, en definitiva, nos quieran. Y, otra, es que somos seres emocionales y no podemos evitar sentir aunque, a veces, duela. Nos alegramos o nos entristecemos, nos enfadamos o nos atemorizamos. Sentimos placer, angustia, euforia, apatía, pánico, plenitud, rabia, decepción, cariño, satisfacción…, y todos ansiamos lo mismo: amar y, sobre todo, ser amados, sostenidos, acogidosHace unos días, en un taller de Educación Emocional que realizo en el instituto en el que trabajo, lancé este planteamiento ante los jóvenes que acudieron. Fueron pocas las manos que se alzaron, solo una y sin mucho convencimiento, y más cuando le pregunté que nos explicara en qué consistía ser normal… Esto asunto vino porque, en una de las clases que tuve esa misma mañana, justo antes del taller, una persona me vino a contar sobre cómo estaba siendo objeto de burlas por parte de algunos compañeros. Se puso a temblar y de sus ojos empezaron a rodar lágrimas de impotencia y dolor, conforme me hablaba de las cosas que le decían. Todo, por “ser diferente” según no se qué criterios de lo que algunos llaman “ser normal”. (Decir que, inmediatamente, se tomaron las acciones necesarias para frenar esta situación).

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Hace unos días, en un taller de Educación Emocional que realizo en el instituto en el que trabajo, lancé este planteamiento ante los jóvenes que acudieron: “Que levante la mano quien sea normal”. Fueron pocas las manos que se alzaron, solo una y sin mucho convencimiento, y más cuando le pregunté que nos explicara en qué consistía ser normal… Este asunto vino porque, en una de las clases que tuve esa misma mañana, justo antes del taller, una persona me vino a contar sobre cómo estaba siendo objeto de burlas por parte de algunos compañeros. Conforme me hablaba de las cosas que le decían, se puso a temblar y de sus ojos empezaron a rodar lágrimas de impotencia y dolor. Todo, por “ser diferente” según no sé qué criterios de lo que algunos llaman “ser normal”. (Decir que, inmediatamente, se tomaron las acciones necesarias para frenar esta situación).

Una de las cosas que nos hace iguales a los seres humanos es que somos distintos, únicos, aunque a veces queramos normalizarnos, con el único fin de ser eso que llaman “normales”, sin saber muy bien cómo definirlo, para que nos acepten, nos incluyan y, en definitiva, nos quieran. Y, otra, es que somos seres emocionales y no podemos evitar sentir aunque, a veces, duela. Nos alegramos o nos entristecemos, nos enfadamos o nos atemorizamos. Sentimos placer, angustia, euforia, apatía, pánico, plenitud, rabia, decepción, cariño, satisfacción…, y todos ansiamos lo mismo: amar y, sobre todo, ser amados, sostenidos, acogidos, cuidados…

¿No bastaría comprender esto, comprendernos en nuestras propias emociones, para dejar al otro ser como es, para no dañarlo de manera gratuita, para, incluso, cuidarlo si está triste o si sufre? ¿Por qué hay personas que, sabiendo la debilidad del otro, van allí a ver si pueden hacerle más daño todavía? ¿Por qué son capaces, además, de hacer burla de ello? ¿Será para ocultar tras las risas absurdas sus propias debilidades, sus propios deseos inconscientes de ser queridos tal y como en realidad son? ¿Dónde están los límites? ¿No deberían estar donde empieza a dolerle al otro?

A los jóvenes que acudieron al taller, además de invitarles a estas reflexiones, les propuse algo: que los pocos que estábamos reunidos en aquella aula iniciáramos el cambio de actitud, que fuéramos pioneros en hacer las cosas de otra forma, que fuéramos “raros” porque hemos decidido no reírnos a costa de otros, que fuéramos “únicos” porque ya no íbamos a permitir que nadie, aunque no fuera nuestro amigo, sufriera. En definitiva, que dejáramos de “ser normales” para ser “auténticos”, porque esta es la única forma de que el Amor que queremos recibir y expresar, sea, realmente, Raro, Único y Auténtico. Así, sin comillas y con mayúscula.

 

 

LOS FINALES

De nuevo, cobra sentido este artículo. Lo escribí hace dos años y me he dado cuenta de que incluso dentro de un cierre mayor, hay muchos cierre pequeños. Imagino una esfera dentro de otra, cerrándose una tras otra, como pequeñas gotas de cuarzo que, al compactarse, guardan la esencia de nuestro pasado. Intento ver el momento actual, en el que hay grandes y pequeños cambios, grandes y pequeñas pérdidas, como una oportunidad para dar un salto en mi evolución, buscando, desde el desapego, que la tristeza no me atrape del todo.

Jóvenes Conscientes

La vida es un recorrido con un principio y un fin, dos hitos que encuadran claramente sus límites: el momento del nacimiento y el momento de la muerte. En esta obviedad estamos todos de acuerdo porque son hechos objetivos y constatables. Pero dentro de esos dos límites que enmarcan la vida, se dan muchos nacimientos y muchas muertes, muchos inicios y muchos finales. Es posible, como dicen, que el camino sea lo más importante y lo que tenemos que vivir con conciencia e intensidad, pero es igualmente transcendente empezar bien y valientemente los ciclos y, sin duda, ser capaces de cerrarlos con el agradecimiento y el desapego necesarios. Esto es evolucionar, trascender, dar pasos hacia delante, dejando bien cerrada la etapa anterior… El cierre, el final, es también todo un proceso, un transitar minucioso en el que se honra la etapa anterior, se…

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SER AFINES

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Donde las palabras fallan, la música habla. 
Hans Christian Andersen

Nuestra auténtica identidad, una de las infinitas caras de la gran verdad, es una nota única, una vibración singular que, cuando, desde el amor, se acompasa con otras notas, es capaz de generar una hermosa armonía. El camino hacia el equilibrio no es fácil, pues es importante que cada uno, individualmente, afine su propia vibración.

¿Qué hacer para que nuestra nota se muestre cristalina y sin disonancias? ¿Cómo afinarla? Lo primero, tomar conciencia del propio sonido buscando contextos de íntima conexión en los que pueda manifestarse, y perseverar en esa búsqueda, descubriendo aquellas situaciones que nos provocan desarmonía y que distorsionan e incluso enmudecen nuestro sonido más esencial. Lo segundo, conectar con lo que nos afina, con lo que mejor nos describe, con nuestras cualidades más innegables y puras, y sacarles brillo, destacarlas, para que sean los pulidos cimientos en los que nuestra vida se asiente.

Esa nota vibrante que define nuestra verdadera naturaleza siempre quiere salir, mostrarse al mundo, pues es lo más genuino que se halla en nosotros y el único lugar desde el que podemos relacionarnos de modo auténtico con el resto de notas. Y es que, cuando dos o más se encuentran en esa equilibrada resonancia, es posible componer una hermosa melodía. A esa unión inicial se pueden ir enlazando otras y, así, generar, con la aportación que hace cada ser desde su más afinada verdad, melodías cada vez más extensas.

De este modo, cuantas más verdades individuales se unan en una resonancia armónica, en una equilibrada sinfonía, más cerca estaremos de la verdad de infinitas caras, que es un bello diamante expresando el silencio sagrado de su refulgente vibración.

EL VACÍO

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Reviso textos que he ido escribiendo a lo largo de mi vida y veo cómo en ellos se repite, más habitualmente de lo que imaginaba, la palabra vacío. Veo el contexto en el que cada escrito se creó y puedo perfilar mi propia evolución personal por los diferentes significados que va tomando este término. Hubo un tiempo en el que el vacío era sinónimo de tristeza, de ausencia, de soledad… Eran instantes en los que la existencia apenas tenía sentido, en los que veía todo absurdo, sin consistencia… En esos casos, usaba vacío como contraposición a plenitud, y sentía mi vida como un hueco oscuro, como un abismo del que no podía ver sus límites. Parecía que la única manera de llenar esa carencia angustiosa era desde fuera y esperaba impaciente la llegada de alguien que me salvara, pero, nunca era suficiente, y la grieta se hacía más profunda, aunque intentaba llenarla con sucedáneos que, por un breve instante, anestesiaban con su efecto placebo mi congoja… Pero el vacío era más grande y acababa por llenarlo todo.

… Es un vacío que respira llantos
cobijo ciego de palabras huecas…

Luego, con el tiempo, esta palabra se ha llenado de otro significado al darse en mi vida experiencias límite que, desde fuera, podrían verse como catastróficas o trágicas o terribles, pero que, en mi caso, han abierto ventanas y puertas por las que vaciarme de viejos patrones basados en el miedo.

Me vacié y me sigo vaciando. Decidí y sigo decidiendo arriesgarme y saltar sin miedo por esa grieta para explorarla, para hallar la verdad, con cada vuelo, en esas profundidades, en esa realidad infinita que es la magnificencia luminosa de ser, que es como una potente antorcha que en su incierto viaje va llenando las sombras de la propia e inconmensurable luz, va llenando la oscuridad del verdadero vacío: nuestra esencia más pura que acaricia, por momentos, la comprensión de sí misma.

…mi cuerpo se disgrega en el amor,
en el vacío
que todo lo sostiene.

 (Fragmentos extraídos del libro “Hacia el silencio”, Uno Editorial (2018))

“UNA ARAÑA PACIENTE Y SILENCIOSA”

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Una araña paciente y silenciosa,
vi en el pequeño promontorio en que
sola se hallaba,
vi cómo para explorar el vasto
espacio vacío circundante,
lanzaba, uno tras otro, filamentos,
filamentos, filamentos de sí misma.

Y tú, alma mía, allí donde te encuentras,
circundada, apartada,
en inmensurables océanos de espacio,
meditando, aventurándote, arrojándote,
buscando sin cesar las esferas
para conectarlas,
hasta que se tienda el puente que precisas,
hasta que el ancla dúctil quede asida,
hasta que la telaraña que tú emites
prenda en algún sitio, oh alma mía.

                                               Walt Whitman

Muchas veces llegan a nosotros lo que parecen mensajes que vienen a subrayar, para atrapar nuestra atención, las circunstancias en las que nos hallamos, y, podría decir, sin dudarlo, que este poema es uno de esos mensajes. Días antes de abrir por la página donde se encontraba, descubrí, cruzando un puente sobre un pequeño arroyo, una araña tejiendo su tela sobre la corriente. ¿No os parece mágica la coincidencia? A mí sí, pues hasta de puentes habla Whitman en su poema.

A él, como a la mayoría de los poetas, una pequeña escena casual de la vida cotidiana le conectó con la trascendencia: vio en esa araña el símbolo de su propia alma perdida en el vacío, aislada, apartada; en busca de sentido, de dirección, de sostén; entregándose desde sus entrañas para encontrar un lugar en el que su frágil telaraña prendiera, un lugar en el que asentar su identidad. Es por todo esto que siento este poema como un mensaje que le da sentido al momento vital en el que ahora me encuentro: sin sostén aparente, sin dirección, sin sentido… Pero sé, por esa araña hacendosa, “paciente y silenciosa”, y por tantas experiencias parecidas vividas, que, lanzando con confianza “filamentos” de mí misma hacia ese aparente “espacio vacío circundante”, tejeré puentes que me anclen firmemente, una y otra vez, a la vida.

MOMENTOS CUMBRE

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En esta etapa en la que acabo de publicar un libro donde aparecen, en forma de poemas, experiencias que abarcan un periodo muy significativo de mi existencia, mi mente no puede parar de reflexionar sobre los acontecimientos que hacen que la vida, de alguna manera, cobre sentido.

Estoy hablando de cuando se llega a la culminación de un proyecto, de los momentos importantes, esos que nos remueven los cimientos, que nos dejan las piernas temblorosas al llegar a su cima, los que nos hacen, incluso, cuestionarnos toda nuestra vida, los que nos evalúan, los que nos abren nuevas posibilidades, aquellos que nos colman y que, a la vez, nos dejan vacíos.

Son esos instantes los que nos hablan de que no nos hemos quedado estancados, de que nos hemos movido en la dirección anhelada, impulsados por la pasión de hacer lo que más nos gusta, y que nos abrió, en su momento, un horizonte inimaginable, ni siquiera, en nuestros más elaborados sueños.

Pero es que, además, esa etapa culminante en la que se llega al apogeo de los propios anhelos, nos desvela, por un lado, la magnitud del viaje hasta llegar ahí, y, por otro, las nuevas posibilidades que se muestran ante nosotros. Es el final de un viaje y el inicio de otro y, además, la recompensa por el atrevimiento de haber abierto una puerta tras la que no se sabía qué podía haber, pero imprescindible para desvelar nuevos umbrales.

Momentos cumbre pueden darse en la vida los que deseemos, todo pasa por no quedarse demasiado tiempo estancado, por no pensar que ya se ha alcanzado la meta final. Desde luego que hay que saborear lo conseguido, detenerse a contemplar todo lo que se ha experimentado para llegar a ese instante… Seguro que en la ascensión se han dado situaciones complicadas por las que hubiéramos desistido y seguro que nos atormentaron pensamientos boicoteadores que nos taladraban con insistencia: “para qué”, “no lo vas a conseguir”, “no te creas tan valioso”, “es imposible”… Pero esto solo le da más valor a lo logrado por todo aquello que se consiguió vencer.

Luego, tras coronar y respirar hondo el viento fresco que sopla como un bálsamo en la cima, tras degustar con detenimiento el paisaje que nos circunda, es muy importante iniciar el descenso, gozando de los logros, con equilibrio, serenidad e, incluso, desapego, para iniciar un nuevo ascenso, una nueva aventura que sumar y disfrutar en nuestra vida.

VIAJE INTERIOR

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Regreso de un viaje a espacios profundos, a rincones de una extraña belleza, a simas inabarcables, a caminos angostos, a lugares que parecían no tener fronteras, a mares embravecidos, a lagos serenos, a criptas escondidas… He buscado y encontrado tesoros, he accedido a viejos escritos que se deshacían como polvo en mis manos, he ahondado en cajones jamás abiertos, he descansado en prados de un verdor indescriptible, he redescubierto la inmensa paz de estar en mi verdadera casa.

Vi una semilla germinando en mi pecho, que crecía, y sus raíces abrazaban mi cuerpo adentrándose en la tierra hasta tocar, con delicados filamentos, su núcleo palpitante y níveo, y, como un surtidor, ascendiendo sin descanso, surgía el tronco de un bello árbol que se cubría de verde recién nacido. Sentí que mi corazón latía y bombeaba vida y, con cada pulsación, apartaba sereno las ramas espinosa, hasta ser una rosa abierta al alivio amoroso del rocío, que era amor en cada una de sus luminosas gotas.

Me dejé ir, serena, sin rumbo aparente, como recostada en el cauce de un río que discurre hacia no se sabe dónde, pero totalmente confiada, porque sentía que todo estaba bien, que el río era mi propia vida y que ya no quería apartarme jamás de ese fluir, consciente de sus crecidas, de sus caídas, de sus remansos, de sus cascadas, de sus rápidos, de sus sinuosidades, de sus manantiales, de su lecho, de sus afluentes y de sus confluencias…

Me entregué al viaje hacia mí y me encontré, más allá de la materia, del espacio y del tiempo, en un campo abierto de luz que vibraba y me envolvía, vacía y plena. Quise quedarme, pero ahora regreso con más consciencia de quién soy, poniendo los pies bien anclados en la tierra, acogiendo la responsabilidad de ofrecer al mundo lo mejor de mí.

LA INFINITA POSIBILIDAD

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Imagina un horizonte que no eres capaz de abarcar con la vista, imagínate en medio de un océano y no poder vislumbrar ni rastro de tierra, imagina que no hay caminos ni estelas ni brújulas ni mapas… Imagínate en el centro del universo ilimitado: tienes todo ante ti, todo a tus pies, todo al alcance de tu mano… Puedes extenderla y coger aquello que desees cuando lo desees, no hay ningún tipo de regla ni de límite. ¿Qué harías con esta infinita posibilidad?

Puedes quedarte paralizado, quieto, esperando que alguien venga y te saque de ese aturdimiento, esperando una señal, un milagro, algo que te diga qué hay que hacer, qué dirección hay que tomar, qué pensamientos hay que pensar…

Otra opción es disfrutar de las vistas, contemplar, por unos instante, la belleza de la verdadera libertad, abandonarte en el regocijo de esa plenitud, en esa sensación de abarcar la totalidad, y entregarte a volar en esa infinitud.

También puedes agarrar aquello que has ido atesorando dentro de ti a lo largo de tu vida, de tu evolución personal: experiencias, fortalezas, talentos, virtudes, y ponerte, con perseverancia y mucha alegría, a edificar el camino que deseas seguir, los puentes que deseas cruzar, las estelas que quieres dejar a tu paso, y ser tu propia brújula, trazar tus propios mapas. Y es que, ante una situación en la que sentimos que la vida nos deja desnudos en el vacío, podemos apoyarnos en aquello que ya llevamos dentro, en esa parte sólida e indestructible, tan nuestra que ni siquiera sabemos que nos pertenece y que, a fuerza de vivir, ha impregnado cada una de las células de nuestro ser.

Son muchas las opciones, quizá a ti se te ocurra alguna más, o quizá podemos elegirlas todas, porque no hay consignas ni reglas, solo la infinita posibilidad.

ACTOS DE AMOR

Actos de amor

Quiero hablar de nuevo en este artículo del Amor, ese que se escribe con mayúsculas, que algunos califican como universal, ese que, entre otras muchas cosas, integra, nos da plenitud y nos hace ser conscientes, cuando contemplamos la realidad, de la maravilla que somos y que nos rodea. Ya en otro artículo hablaba de que el amor hacia nosotros es el fundamento en el que se sustenta el amor a todo lo demás, por eso es algo que tenemos que profesarnos, a cada instante, sin desfallecer. Ya lo dicen las frases hechas como que “hay que mantener viva la llama del amor”. Habitualmente esta se refiere a las relaciones de pareja, pero la voy a aplicar aquí al amor propio, que es algo que deberíamos avivar a cada instante. Ese es el primer acto de Amor por el que es importantísimo comenzar si queremos que los demás actos de Amor sean realmente puros.

Seguro que si indagamos, se nos ocurren innumerables ejemplos y siempre asociados a otras personas, a seres vivos de todas las categorías y especies e, incluso, a lugares, parajes, entornos… Lo que sí está muy claro, creo, es que el Amor se pone en acción cuando implica a otro (sin olvidarnos de uno mismo), ahí es cuando tenemos que activarlo y avivar ese fuego del que hablábamos para que se mantenga encendido, porque más que un estado es acción continuada. En definitiva y en pocas palabras, el amor es y se activa en las relaciones (sean de la categoría que sean).

Me gustaría centrarme ahora en un acto de Amor concreto y que yo considero uno de los más difíciles de llevar a cabo. Tiene que ver con la despedida, con el dejar ir a personas, experiencias, contextos, que una vez fueron fundamentales y que han sido muy significativos en nuestras vidas. Es lo que algunos llaman desapego. Sin duda, el llevarlo a cabo con templanza, serenidad y sin excesos emocionales, ya sería un indicativo de que nuestro amor propio tiene buena salud, pero esto no suele ser lo habitual y tendemos a aferrarnos en exceso, a no aceptar la situación, a enfadarnos o a hundirnos en la más profunda tristeza. Todo esto es muy humano y no debemos negar nuestras emociones, sino regularlas y darles un lugar mullido en el que calmarse, el problema es cuando no dejamos ir y atentamos contra la libertad del otro, sin tener en cuenta el momento vital en el que se encuentra. Apresar y subyugar es lo opuesto al amor; soltar, despedirse y dejar ir es Amor verdadero. Además, si forzamos la situación, guiados por nuestros deseos egoístas, provocaremos el efecto contrario al deseado. Por eso, despedirnos, en el momento adecuado, con serenidad y comprensión, aunque parezca contradictorio, es una de las mayores muestras de amor que podemos poner en acción en nuestra vida y, sin duda, nace de un amor propio equilibrado que se despliega, puro, más allá de los limites que nos definen, generando a nuestro paso nuevos espacios para el encuentro.

CONTEMPLACIÓN

CONTEMPLACIÓN

Cierro los ojos, respiro pausadamente, observo cómo me siento, si hay algún lugar en mi cuerpo especialmente tenso, si hay alguna emoción que destaque, si hay algún pensamiento que sea reincidente… Busco un momento de estar a solas conmigo, un espacio de calma, de conexión, de reflexión… Aunque a veces me despisto, es ya una costumbre que forma parte de mi día a día, que pongo en marcha, no solo cuando lo necesito ante situaciones complicadas, sino en cualquier momento, por puro placer, incluso. No importa que haya gente alrededor, da igual si hay alboroto, si el ruido es demasiado fuerte.

Este sencillo ejercicio tiene que ver con una cualidad fundamentalmente humana que es la contemplación. Asocio contemplar con momentos de serenidad, con estar fuera del tiempo, con tener activos todos los sentidos para que no se escape nada de lo que sucede en ese preciso instante: una hoja que cae, un aroma que llega leve a la nariz, el trino de un pájaro, cerca o lejos, la visión de un atardecer o de un amanecer, o de un cielo nublado que, de repente, se ilumina. Es como si a través de los órganos de los sentidos, tan materiales, tan del cuerpo, se pudiera acceder, por unos instantes, que parecen milésimas robadas a la eternidad, a una parte de nosotros esencial, imperecedera. Cuando esa actitud contemplativa se transforma en un hábito en nuestra vida, esos momentos de conexión se convierten en hilos que se van entretejiendo formando un tapiz que refleja innumerables facetas del infinito.

Visto así, qué fácil parece acceder a nuestra verdadera naturaleza tan solo estando algo más atentos a lo que nuestras sensaciones nos muestran, que, desde lo más condensado de nuestra materia, nos conducen, con la serenidad como aliada, sin apenas resistencias, atravesando nuestro mundo emocional, descorriendo la telas de nuestros pensamientos, hasta la luz de nuestra conciencia. Qué fácil parece y qué difícil es, a la vez, buscar ese momento en nuestra ajetreada vida, en nuestra atestada agenda, llena de cosas “importantes”. Y yo me pregunto, ¿qué hay más transcendente que desvelar la auténtica esencia de la realidad, que vivir lo eterno en cada segundo que pasa, que vislumbrar lo permanente en lo que fluye?