CONTEMPLACIÓN

CONTEMPLACIÓN

Cierro los ojos, respiro pausadamente, observo cómo me siento, si hay algún lugar en mi cuerpo especialmente tenso, si hay alguna emoción que destaque, si hay algún pensamiento que sea reincidente… Busco un momento de estar a solas conmigo, un espacio de calma, de conexión, de reflexión… Aunque a veces me despisto, es ya una costumbre que forma parte de mi día a día, que pongo en marcha, no solo cuando lo necesito ante situaciones complicadas, sino en cualquier momento, por puro placer, incluso. No importa que haya gente alrededor, da igual si hay alboroto, si el ruido es demasiado fuerte.

Este sencillo ejercicio tiene que ver con una cualidad fundamentalmente humana que es la contemplación. Asocio contemplar con momentos de serenidad, con estar fuera del tiempo, con tener activos todos los sentidos para que no se escape nada de lo que sucede en ese preciso instante: una hoja que cae, un aroma que llega leve a la nariz, el trino de un pájaro, cerca o lejos, la visión de un atardecer o de un amanecer, o de un cielo nublado que, de repente, se ilumina. Es como si a través de los órganos de los sentidos, tan materiales, tan del cuerpo, se pudiera acceder, por unos instantes, que parecen milésimas robadas a la eternidad, a una parte de nosotros esencial, imperecedera. Cuando esa actitud contemplativa se transforma en un hábito en nuestra vida, esos momentos de conexión se convierten en hilos que se van entretejiendo formando un tapiz que refleja innumerables facetas del infinito.

Visto así, qué fácil parece acceder a nuestra verdadera naturaleza tan solo estando algo más atentos a lo que nuestras sensaciones nos muestran, que, desde lo más condensado de nuestra materia, nos conducen, con la serenidad como aliada, sin apenas resistencias, atravesando nuestro mundo emocional, descorriendo la telas de nuestros pensamientos, hasta la luz de nuestra conciencia. Qué fácil parece y qué difícil es, a la vez, buscar ese momento en nuestra ajetreada vida, en nuestra atestada agenda, llena de cosas “importantes”. Y yo me pregunto, ¿qué hay más transcendente que desvelar la auténtica esencia de la realidad, que vivir lo eterno en cada segundo que pasa, que vislumbrar lo permanente en lo que fluye?

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